Rojo y negro
Rojo y negro «Ahora —pensó—, ojo con las miradas.» No eran más que las cinco y media y la cena era a las seis. Se lo ocurrió bajar al salón y se lo encontró desierto. Al ver el sofá azul se le saltaron las lágrimas de emoción; no tardaron en arderle las mejillas. «Tengo que limar esta sensibilidad tan tonta —se dijo airado—; me traicionarÃa.» Cogió un periódico para guardar las formas y pasó tres o cuatro veces del salón al jardÃn.
No fue sino trémulo y bien escondido detrás de un roble grande como se atrevió a alzar la vista hacia la ventana de la señorita de La Mole. Estaba herméticamente cerrada; estuvo a punto de desplomarse y se quedó mucho rato apoyado en el roble; luego, con pasos titubeantes, fue a ver de nuevo la escalera del jardinero.
No habÃan arreglado el eslabón, que habÃa forzado tiempo atrás en circunstancias, ¡ay!, tan diferentes. Impelido por un arrebato de locura Julien se lo apretó contra los labios.
Tras haber vagabundeado mucho rato del salón al jardÃn, Julien se sintió espantosamente cansado; fue un primer triunfo que lo satisfizo mucho. «¡Tendré la mirada apagada y no me delatará!» Poco a poco fueron llegando los comensales al salón; la puerta al abrirse no dejó en ninguna ocasión de turbarle mortalmente el corazón a Julien.