Rojo y negro

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Todo lo cual se llevó a cabo fielmente.

«Esto que estoy haciendo es muy atrevido —pensó Julien al salir del palacete de Fervaques—, pero allá Korázov. ¡Atreverse a escribir a una mujer tan famosa por su virtud! Me va a tratar con el mayor desprecio y nada habrá que me divierta más. Es, en el fondo, la única comedia que me puede hacer gracia. Sí, poner en ridículo a esta persona odiosa a quien llamo yo me divertirá. Si atendiera a mis deseos, cometería algún crimen para distraerme.»

Desde hacía un mes, el momento más hermoso de la vida de Julien era cuando devolvía el caballo a la cuadra. Korázov le había prohibido expresamente mirar bajo ningún pretexto a la amante que lo había dejado. Pero el paso de aquel caballo, que tan bien conocía, y la forma en que Julien golpeaba con la fusta la puerta de la cuadra para que viniera un criado, hacían que Mathilde se acercase a veces al visillo de su ventana. La muselina era tan transparente que Julien veía lo que había detrás. Al mirar de cierta forma por debajo del ala del sombrero, veía a medias el talle de Mathilde sin verle los ojos. «Por consiguiente —se decía—, ella no puede ver los míos y esto no es mirarla.»


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