Rojo y negro
Rojo y negro Por la noche, la señora de Fervaques se comportó con él como si no hubiese recibido la disertación filosófica, mística y religiosa que le había entregado por la mañana al portero con tanta melancolía. La víspera, el azar le había revelado a Julien la forma de ser elocuente; hizo por verle los ojos a Mathilde. Ella, por su parte, un momento después de llegar la mariscala, se levantó del sofá azul: eso era desertar de sus acompañantes habituales. Al señor de Croisenois pareció consternarlo ese nuevo capricho; su evidente dolor liberó a Julien de lo más atroz de su pena.
Esta circunstancia imprevista en su vida lo llevó a hablar como los ángeles; y, puesto que el amor propio se mete dentro incluso de los corazones que le hacen las veces de templo a la virtud más augusta, la mariscala se dijo, mientras volvía a subirse a su coche: «Tiene razón la señora de La Mole; ese sacerdote joven es distinguido. Será que los primeros días le intimidaba mi presencia. En realidad, todo cuanto hay en esa casa es muy superficial; solo veo en ella virtudes que cuentan con la ayuda de la vejez y que estaban muy necesitadas del hielo de la edad. Ese joven habrá sabido ver la diferencia; escribe bien, pero mucho me temo que esa petición de que lo ilumine con mis consejos que me hace en su carta no sea en el fondo sino un sentimiento amoroso que no es consciente de sí mismo.