Rojo y negro

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Solo entonces se acordó de las cartas de la señora de Fervaques cuyos originales se le había olvidado devolver al solemne español don Diego Bustos. Las buscó; eran casi tan sin pies ni cabeza como las del joven noble ruso. De una vaguedad completa. Querían decirlo todo y no querían decir nada. «Es el arpa eólica del estilo —pensó Julien—. Entre estos elevadísimos pensamientos acerca de la nada, de la muerte, del infinito, etc., lo único real que veo es un temor abominable a quedar en ridículo.»

Este monólogo que acabamos de abreviar se repitió quince días seguidos. Dormirse transcribiendo algo así como un comentario del Apocalipsis, ir por la mañana a llevar una carta con expresión melancólica, devolver el caballo a la cuadra con la esperanza de vislumbrar el vestido de Mathilde, trabajar, pasar por la Ópera por la noche si la señora de Fervaques no iba al palacete de La Mole: estos eran los sucesos monótonos de la vida de Julien. Resultaba más interesante cuando la señora de Fervaques iba a ver a la marquesa; entonces podía verle a medias los ojos a Mathilde por debajo del ala del sombrero de la mariscala y era elocuente. Sus frases pintorescas y sentimentales estaban empezando a tomar un giro a la vez más llamativo y más elegante.



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