Rojo y negro

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Notaba perfectamente que lo que decía le parecía absurdo a Mathilde, pero quería impresionarla con la elegancia de la dicción. «¡Cuánto más falso sea lo que digo, más debo agradarla!», pensaba Julien; y entonces, con un atrevimiento abominable, exageraba algunos aspectos del carácter. No tardó en darse cuenta de que, para no parecerle vulgar a la mariscala, tenía sobre todo que evitar las ideas sencillas y sensatas. Iba por ese derrotero, o abreviaba algunas amplificaciones según viera éxito o indiferencia en la mirada de las dos grandes damas a quienes había que complacer.

En conjunto, tenía una vida menos horrible que cuando se pasaba los días sin hacer nada.

«Pero —se decía una noche—, aquí estoy transcribiendo la decimoquinta de estas abominables disertaciones; las catorce primeras se las he entregado fielmente al portero de la mariscala. Voy a tener el honor de llenarle todos los casilleros del escritorio. Y ¡sin embargo, me trata exactamente igual que si no le escribiera! ¿Adónde irá a parar todo esto? ¿La aburrirá mi constancia tanto como me aburre a mí? Hay que reconocer que este ruso amigo de Korázov y enamorado de la hermosa cuáquera de Richmond fue en su día un hombre tremendo; es imposible ser más latoso.»


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