Rojo y negro
Rojo y negro Igual que todos los seres mediocres a quienes el azar pone en presencia de las maniobras de un gran general, Julien no entendía ni poco ni mucho el ataque del joven ruso contra el corazón de hermosa inglesa. Las cuarenta cartas primeras solo pretendían que se le perdonase el atrevimiento de escribir. Esa dulce mujer, que a lo mejor se aburría infinitamente, tenía que adquirir la costumbre de recibir cartas algo menos insípidas que su vida cotidiana.
Una mañana, le entregaron una carta a Julien; reconoció las armas de la señora de Fervaques y rompió el sello con una diligencia que le habría parecido de lo más imposible pocos días antes: solo era una invitación a cenar.
Fue corriendo a mirar las instrucciones del príncipe Korázov. Por desgracia, el joven ruso había querido ser delicado como Dorat[73] donde habría procedido ser sencillo e inteligible; Julien no pudo intuir la posición moral que tenía que adoptar en la cena de la mariscala.
El salón era sumamente espléndido, dorado como la galería de Diana en Les Tuileries y con cuadros al óleo en las paredes forradas de madera. En esos cuadros había manchas claras. Julien se enteró después de que los temas le habían parecido poco decentes a la señora de la casa, que había mandado retocar los cuadros. ¡Siglo moral!, pensó.