Rojo y negro
Rojo y negro En aquel salón se fijó en tres de los personajes que habían asistido a la redacción de la nota secreta. Uno de ellos, el señor obispo de…, tío de la mariscala, manejaba la hoja de los beneficios y, a lo que decían, no era capaz de negarle nada a su sobrina. «¡Qué paso tan gigantesco he dado y qué indiferente me resulta! —se dijo Julien sonriendo melancólicamente—. Aquí estoy cenando con el famoso cardenal de…»
La cena fue mediocre y la conversación agotaba la paciencia. «Es la mesa de un mal libro —pensaba Julien—. Se sacan a colación muy gallardamente todos los grandes temas de los pensamientos de los hombres. Y quien atiende tres minutos se pregunta qué prevalece, si el énfasis del que habla o su ignorancia abominable.»
El lector no recuerda ya seguramente a aquel literato de poca monta apellidado Tanbeau, sobrino del académico y futuro profesor, quien, con sus infames calumnias, parecía tener a su cargo emponzoñar el salón del palacete de La Mole.