Rojo y negro

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Un día, tras haber preguntado tres veces si había carta, la señora de Fervaques tomó la súbita decisión de responder a Julien. Fue una victoria del aburrimiento. A la segunda carta, a la mariscala casi la detuvo la inconveniencia de escribir de su puño y letra unas señas tan vulgares: «Al señor Sorel, en casa del marqués de La Mole».

—Tiene que traerme —le dijo a Julien por la noche con un tono muy seco— sobres en que estén sus señas.

«He quedado nombrado amante ayuda de cámara», pensó Julien. E hizo una venia dándose el gusto de remedar el comportamiento de Arsène, el anciano ayuda de cámara del marqués.

Esa misma noche llevó unos sobres y al día siguiente, muy temprano, recibió una tercera carta; leyó cinco o seis líneas del principio y dos o tres del final. Había cuatro páginas escritas con una letra pequeña y muy prieta.

Poco a poco se estableció la dulce costumbre de escribir casi a diario. Julien contestaba con copias fieles de las cartas rusas y tales son las ventajas del estilo enfático que a la señora de Fervaques no la extrañaba la poca relación que había entre sus cartas y las respuestas.


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