Rojo y negro
Rojo y negro ¡Cuánto no se habría irritado su orgullo si Tanbeau, que se había constituido en espía voluntario de cuanto hacía Julien, hubiese podido contarle que todas esas cartas iban a caer, al azar, sin que les quitasen el sello, al cajón de Julien!
Una mañana, el portero le llevaba a la biblioteca una carta de la mariscala; Mathilde se encontró con el hombre, vio la carta y la dirección, escrita con la letra de Julien. Entró en la biblioteca cuando el criado salía; la carta estaba aún en el filo de la mesa; Julien, que estaba muy ocupado escribiendo, aún no la había metido en el cajón.
—¡Esto es lo que no puedo tolerar! —exclamó Mathilde apoderándose de la carta—; a mí, que soy su mujer, me tiene completamente olvidada. ¡Su comportamiento es espantoso, caballero!
Dichas estas palabras, la dejó sin aliento el orgullo, pasmado de la tremenda inconveniencia de aquel comportamiento, y no tardó en parecerle a Julien que no estaba en condiciones de respirar.
Sorprendido y perplejo, Julien no se percataba bien de cuán admirable y afortunada era semejante escena para él. Ayudó a Mathilde a sentarse; ella casi se le abandonaba en los brazos.