Rojo y negro
Rojo y negro El primer momento en que cayó en la cuenta de aquella acción fue de extremada alegrÃa. En el segundo momento, se acordó de Korázov: puedo perderlo todo por una sola palabra.
El esfuerzo que le imponÃa la polÃtica era tan penoso que le puso rÃgidos los brazos. «No debo ni siquiera permitirme estrechar contra el pecho ese cuerpo flexible y delicioso, pues si lo hago me despreciará y me maltratará. ¡Qué carácter tan espantoso!»
Al tiempo que echaba pestes del carácter de Mathilde, este hacÃa que la quisiera cien veces más; le parecÃa que tenÃa entre los brazos a una reina.
La impasible frialdad de Julien incrementó el padecimiento del orgullo de la señorita de La Mole. Mucho le faltaba para tener la sangre frÃa necesaria para intentar intuir en la mirada de Julien lo que sentÃa por ella en esos momentos. No pudo resolverse a mirarlo; temÃa encontrar en ella la expresión del desprecio.
Sentada en el sofá de la biblioteca, inmóvil y con la cabeza vuelta hacia el lado opuesto a Julien, era presa de los más agudos dolores que el orgullo y el amor puedan infligir a un alma humana. ¡En qué atroz conducta acababa de incurrir!
«Me estaba reservado, ¡ay, desdichada!, ver cómo no me aceptan las proposiciones más indecentes. Y ¿quién no me las acepta? —añadÃa el orgullo, loco de dolor—. ¡No me las acepta un criado de mi padre!»