Rojo y negro
Rojo y negro Mathilde intentó leer las cartas; los ojos llenos de lágrimas se lo impedían.
Llevaba un mes siendo desgraciada, pero aquella alma altanera distaba mucho de confesarse esos sentimientos. Únicamente al azar se debía ese estallido. Por un momento, los celos y el amor habían prevalecido sobre el orgullo. Mathilde estaba en el sofá y muy cerca de Julien. Este le veía el pelo y el cuello de alabastro; por un instante olvidó cuanto se debía a sí mismo; le pasó un brazo por la cintura y a punto estuvo de estrecharla contra el pecho.
Mathilde volvió la cabeza muy despacio: a Julien lo dejó asombrado el extremado dolor que se le veía en los ojos, tanto que impedía reconocer en ellos el aspecto habitual.
Sintió que lo abandonaban las fuerzas de tan mortalmente penoso como le resultaba el comportamiento valeroso al que se estaba obligando.
«Estos ojos no tardarán en expresar el desdén más gélido —se dijo Julien— si me dejo llevar por la felicidad de amarla.» Entretanto, con voz apagada y con palabras que apenas si tenía fuerzas para rematar, ella le estaba repitiendo en esos momentos que podía tener la certeza de lo arrepentida que estaba de las acciones que hubiera podido aconsejarle su excesivo orgullo.