Rojo y negro

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—Yo también tengo mi orgullo —le dijo Julien articulando apenas y en la cara se le veía el colmo del abatimiento físico.

Mathilde se volvió prestamente hacia él. Oírle el metal de voz era una dicha a cuya esperanza había renunciado casi del todo. En esos momentos solo recordaba su altanería para maldecirla, habría querido dar con comportamientos insolentes e increíbles para demostrarle cuánto lo idolatraba y cuánto se aborrecía a sí misma.

—Es probablemente por ese orgullo —siguió diciendo Julien— por lo que me distinguió unos momentos; es seguramente por esa firmeza valerosa y propia de un hombre por la que me aprecia ahora mismo. Puede ser que ame a la mariscala…

Mathilde se sobresaltó y le apareció en los ojos una mirada extraña. Iba a oír cómo dictaban su sentencia. Este gesto no le pasó inadvertido a Julien; notó que le flaqueaba el coraje.

«¡Ah! —pensaba al oír las palabras vanas que decía su boca como si hubiera emitido un ruido ajeno—. ¡Si pudiese cubrirte de besos esas mejillas tan pálidas sin que te enterases!»

—Puede ser que ame a la mariscala —seguía diciendo… y la voz se le hacía cada vez más débil—; pero, desde luego, no tengo ninguna prueba decisiva de su interés por mí…


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