Rojo y negro

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Mathilde lo miraba; él le sostuvo la mirada; al menos, tuvo la esperanza de que el semblante no lo hubiera traicionado. Se notaba embebido de amor hasta los repliegues más íntimos del corazón. Nunca la había idolatrado tanto; estaba casi tan loco como Mathilde. Si ella hubiera hallado en sí sangre fría y valor suficiente para maniobrar, Julien habría caído a sus pies, renegando de toda comedia vana. Tuvo fuerza suficiente para seguir hablando. «¡Ah, Korázov! —exclamó en su fuero interno—. ¡Ojalá estuviera aquí! ¡Qué necesitado estoy de una palabra para llevar adelante mi conducta!» Entretanto, su voz decía:

—A falta de otro sentimiento, el agradecimiento bastaría para apegarme a la mariscala; ha sido indulgente conmigo, me ha consolado cuando me despreciaban… Puedo no tener una fe ilimitada en ciertas apariencias muy halagüeñas sin duda, pero quizá también muy poco duraderas.

—¡Ay, Dios santo! —exclamó Mathilde.

—Veamos, ¿qué garantía me dará usted? —siguió diciendo Julien con tono vehemente y firme y que parecía dar de lado por unos momentos las formas prudentes de la diplomacia—. ¿Qué garantía, qué dios me garantizará que la posición que parece dispuesta a devolverme ahora mismo durará más de dos días?


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