Rojo y negro

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—Lo tremendo de mi amor y de mi desdicha si ya no me quiere —le dijo ella cogiéndole las manos y volviéndose hacia él.

Con el ademán brusco que acababa de hacer se le había movido un poco la pelerina; Julien le veía los preciosos hombros. El pelo, un tanto despeinado, le trajo a las mientes un recuerdo delicioso…

Iba a ceder. «Una palabra imprudente —se dijo— y volverá a empezar por mi culpa esa larga sucesión de días vividos con desesperación. La señora de Rênal hallaba razones para hacer lo que le dictaba el corazón; esta joven de la alta sociedad no deja que se le conmueva el corazón más que cuando se ha probado a sí misma con buenas razones que se le debe conmover.»

Se percató de esta verdad en un abrir y cerrar de ojos y, también en un abrir y cerrar de ojos, recobró el valor.

Apartó las manos, que Mathilde estrechaba en las suyas y, con marcado respeto, se alejó algo de ella. Más no puede hacer el valor de un hombre. Se dedicó luego a reunir todas las cartas de la señora de Fervaques que estaban desperdigadas por el sofá y añadió con la apariencia de una cortesía extremada y tan cruel en momentos como aquellos:

—Que la señorita de La Mole se digne permitirme que reflexione sobre todo esto.


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