Rojo y negro
Rojo y negro Echó a andar rápidamente y salió de la biblioteca; Mathilde oyó cómo iba cerrando todas las puertas, una tras otra.
«Ese monstruo no se ha inmutado… —se dijo—. Pero ¡qué estoy diciendo! ¡Monstruo! Es sensato, prudente y bueno; soy yo quien ha incurrido en más agravios de los que es posible imaginarse.»
Ese punto de vista fue duradero. Mathilde se sintió casi feliz aquel dÃa, porque estuvo completamente entregada al amor; ¡se dirÃa que nunca habÃa alterado esa alma el orgullo, y qué orgullo!
Se estremeció de horror cuando por la noche, en el salón, un lacayo anunció a la señora de Fervaques; la voz de aquel hombre le pareció lúgubre. No pudo soportar ver a la mariscala y se fue rápidamente. Julien, muy poco ufano de su trabajosa victoria, habÃa temido sus propias miradas y no habÃa cenado en el palacete de La Mole.
Iban creciendo su amor y su dicha según se iba distanciando del momento de la batalla; ya se estaba censurando. «¿Cómo he podido ofrecerle resistencia? —se decÃa—; ¡y si fuera a dejar de quererme! Un instante puede cambiar esa alma altanera y hay que reconocer que la he tratado de un modo espantoso.»