Rojo y negro

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Se dio cuenta perfectamente de que no le quedaba más remedio que hacer acto de presencia en la Ópera Bufa, en el palco de la señora de Fervaques. Lo había invitado de forma explícita; Mathilde no dejaría de enterarse de su presencia o de su ausencia descortés. Pese a lo evidente de ese razonamiento, no tuvo fuerzas, a primera hora de la velada, para mezclarse con la gente. Al hablar, iba a perder la mitad de su dicha.

Dieron las diez: no le quedó más remedio que aparecer.

Afortunadamente, se encontró el palco de la señora de Fervaques repleto de mujeres; quedó relegado junto a la puerta y lo taparon por completo los sombreros. Esta colocación lo libró de hacer el ridículo; se deshizo en llanto con los divinos acentos de la desesperación de Carolina en El matrimonio secreto. La señora de Fervaques vio ese llanto; contrastaba tanto con la viril firmeza de su fisonomía habitual que aquella alma de gran señora, que llevaba tanto saturada con lo más corrosivo del orgullo de una advenediza, se conmovió. Lo poco de un corazón de mujer que le quedaba la impulsó a hablar. Quiso disfrutar de la voz de Julien en ese momento.

—¿Ha visto a la señora y a la señorita de La Mole? —le dijo—. Están en los palcos del tercer piso.


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