Rojo y negro
Rojo y negro La señorita de La Mole insistió para llevar a Julien de vuelta al palacete. Afortunadamente llovía a cántaros. Pero la marquesa lo hizo sentarse enfrente de ella, le habló sin parar e impidió que pudiera decirle ni una palabra a su hija. Se habría podido pensar que la marquesa se interesaba por la felicidad de Julien; este, al no temer ya perderlo todo por su enajenada emoción, se entregaba a ella como un insensato.
¿Me atreveré a decir que, al volver a su habitación, Julien se arrodilló y cubrió de besos las cartas de amor que le había dado el príncipe Korázov?
«¡Ah, gran hombre! ¡Te lo debo todo!», exclamó, en plena locura.
Poco a poco fue recobrando cierta sangre fría. Se comparó con un general que acaba de ganar a medias una gran batalla. «La ventaja es indiscutible y enorme —se dijo—; pero ¿qué sucederá mañana? Un instante puede dar al traste con todo.»
Abrió con un gesto apasionado el Memorial de Santa Elena de Napoleón y estuvo dos horas largas forzándose a leerlo. Solo los ojos leían; sin embargo, se forzaba a hacerlo. Mientras duró esa singular lectura, la cabeza y el corazón, encaramados al nivel de lo más grandioso, trabajaban sin que él se diera cuenta. «Ese corazón es muy diferente del corazón de la señora de Rênal», se decía. Pero de ahí no pasaba.