Rojo y negro
Rojo y negro «¡Asustarla! —exclamó de pronto, arrojando el libro lejos de s×. El enemigo no me obedecerá hasta que no lo asuste; entonces no se atreverá ya a despreciarme.»
Paseaba por su cuartito, ebrio de alegrÃa. Era en verdad una felicidad más del orgullo que del amor.
«¡Asustarla! —se repetÃa, orgulloso. Y tenÃa motivos para estarlo—. Incluso en los momentos en que era más feliz, la señora de Rênal dudaba siempre de que mi amor igualara al suyo. Ahora a quien tengo que subyugar es a un demonio, asà que hay que subyugar.»
SabÃa muy bien que a la mañana siguiente Mathilde estarÃa en la biblioteca en cuanto dieran las ocho; no apareció por allà hasta las nueve, ardiendo de amor; pero la cabeza dominaba al corazón. No pasó posiblemente ni un minuto sin que se repitiera: «Tenerla siempre pendiente de esta tremenda duda: ¿me quiere? Su posición brillante, los halagos de todos cuantos le hablan la incitan a tranquilizarse un tanto en demasÃa.»
La encontró pálida, sosegada, sentada en el sofá, pero, aparentemente, en un estado que no le permitÃa hacer ni un movimiento. Le alargó la mano.
—Mi buen amigo, cierto es que te he ofendido; puedes estar enfadado conmigo.
Julien no se esperaba ese tono tan llano. Estuvo a punto de delatarse.