Rojo y negro
Rojo y negro Por la noche, en el salón, entre sesenta personas, llamaba a Julien para hablar con él en privado y mucho rato.
En una ocasión, Tanbeau se acomodó junto a ellos; Mathilde le rogó que fuera a buscarle a la biblioteca el tomo de Smollett donde se habla de la revolución de 1688; y al verlo titubear añadió: «Y no tenga prisa», con una expresión de altivez insultante que fue un bálsamo para el alma de Julien.
—¿Se ha fijado en la mirada de ese monstruillo? —le dijo.
—Su tío cuenta con diez o doce años de servicio en este salón. Si no fuera por eso, haría que lo echasen ahora mismo.
Su comportamiento con los señores de Croisenois, de Luz, etc., de exquisita urbanidad en la forma, no era menos provocador en el fondo. Mathilde se reprochaba vehementemente toda las confidencias que le había hecho anteriormente a Julien, y tanto más cuanto no se atrevía a confesarle que había exagerado las señales de interés, casi todas de lo más inocente, que habían recibido de ella esos caballeros.