Rojo y negro
Rojo y negro Pese a sus más loables resoluciones, su orgullo femenino le impedÃa, dÃa tras dÃa, decirle a Julien: «Porque era a usted a quien se lo contaba, me agradaba describir la flaqueza que cometÃa al no apartar la mano cuando el señor de Croisenois, apoyando la suya en una mesa de mármol, la rozaba un poco».
Ahora, en cuanto alguno de esos caballeros le hablaba unos momentos, resultaba que tenÃa que preguntarle algo a Julien y era un pretexto para que este siguiera junto a ella.
Descubrió que estaba encinta y puso al tanto, muy contenta, a Julien.
—¿Dudará ahora de mÃ? ¿No es una garantÃa? Soy su mujer para siempre.
Este anuncio dejó a Julien atónito. A punto estuvo de olvidarse del principio al que se atenÃa su conducta. «¿Cómo mostrarme aposta frÃo y ofensivo con esta pobre joven que se pierde por mÃ?» En cuanto Mathilde parecÃa un poco enferma, incluso en los dÃas en que la sensatez alzaba su voz terrible, no tenÃa ya valor para decirle una de esas palabras crueles tan indispensables, según le indicaba la experiencia, para que su amor durase.