Rojo y negro
Rojo y negro —Quiero escribir a mi padre —le dijo un dÃa Mathilde—; para mà es más que un padre, es un amigo: y como amigo me parecerÃa indigno que usted y yo intentáramos engañarlo, aunque no fuera más que por un instante.
—¡Santo cielo! ¿Qué va a hacer? —dijo Julien, asustado.
—Mi deber —contestó ella, con los ojos reluciéndole de alegrÃa. Se notaba más magnánima que su amante.
—Pero ¡me echará de forma ignominiosa!
—Está en su derecho; debemos respetarlo. Me cogeré de su brazo y nos iremos por la puerta cochera a las doce de la mañana.
Julien, atónito, le rogó que esperase una semana.
—No puedo —dijo ella—; el honor habla; he visto cuál es el deber y debo cumplir con él, y al momento.