Rojo y negro

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—Bien, pues le ordeno que lo aplace —dijo por fin Julien—. Su honor está a salvo, soy su marido. Esta acción capital va a cambiar el estado de ambos. Yo también estoy en mi derecho. Estamos a martes; el martes que viene es el día de recibir del duque de Retz; por la noche, cuando regrese el señor de La Mole, el portero le entregará la carta fatal… En lo único que piensa es en hacerla duquesa, estoy seguro. ¡Piense cuál va a ser su desventura!

—¿Quiere decir «piense cuál va a ser su venganza»?

—Puedo compadecerme de mi bienhechor y que me consterne perjudicarlo; pero ni temo ni temeré nunca a nadie.

Mathilde se sometió. Desde que le había anunciado a Julien su nuevo estado, era la primera vez que este le hablaba con autoridad; nunca la había querido tanto. La parte tierna de su alma recibía dichosa el pretexto del estado de Mathilde para dispensarse de decirle palabras crueles. Esa confesión al señor de La Mole le causó una profunda conmoción. ¿Iban a separarlo de Mathilde? Y, por grande que fuera el dolor con que lo viera marchar, ¿seguiría acordándose de él un mes después de esa marcha?

Lo espantaban casi por igual los justificados reproches que podía hacerle el marqués.


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