Rojo y negro

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Cansado de dar paseos furibundos, el marqués, domeñado por el dolor, se desplomó en un sillón; Julien oyó que se decía a sí mismo a media voz: «No es un mal hombre».

—¡No, no lo soy para usted! —exclamó Julien cayendo de rodillas ante él. Pero sintió una gran vergüenza de aquel gesto y se volvió a levantar enseguida.

El marqués estaba realmente fuera de sus casillas. Al ver ese gesto, volvió a abrumarlo con insultos atroces y dignos de un cochero de punto. La novedad de esos reniegos le servía quizá de distracción.

—¡Cómo! ¡Mi hija va a llamarse señora Sorel! ¡Cómo! ¡Mi hija no va a ser duquesa!

Cuantas veces se percataba de esas dos ideas con tanta claridad, el señor de La Mole padecía una tortura y los arranques de su ánimo no dependían ya de su voluntad. Julien temía que le pegara.

En los intervalos de lucidez, y cuando el marqués empezaba a acostumbrarse a su desgracia, le hacía a Julien reproches bastante sensatos:

—Había que salir huyendo, caballero… —le decía—. Su deber era salir huyendo… Es usted el más infame de los hombres…

Julien se acercó a la mesa y escribió:


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