Rojo y negro
Rojo y negro Hace mucho que la vida me resulta insoportable; le pongo fin. Ruego al señor marqués que acepte, junto con la expresión de un agradecimiento sin lÃmites, mis disculpas por las molestias que pueda causar mi muerte en su palacio…
—Que el señor marqués se digne leer esta hoja… Máteme o mande a su ayuda de cámara que me mate. Es la una de la mañana; me voy a dar un paseo por el jardÃn, por la tapia del fondo.
—¡Váyase al diablo! —le gritó el marqués según salÃa.
«Entiendo —pensó Julien— que no lo disgustarÃa ver que le evito a su ayuda de cámara la ejecución de mi muerte… Que me mate en buena hora, es una satisfacción que le ofrezco… Pero, por vida de…, me gusta la vida… Me debo a mi hijo.»
Esta idea, que se le ocurrÃa por primera vez con tanta claridad, lo tuvo absorto tras los primeros minutos del paseo, dedicados a la sensación de peligro.
Aquel interés tan nuevo lo convirtió en persona prudente. «Necesito consejos para comportarme con este hombre fogoso… Ha perdido la razón, es capaz de todo. Fouqué está demasiado lejos, y además no entenderÃa los sentimientos de un corazón como el del marqués.