Rojo y negro

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»El conde Altamira… ¿Cuento con la seguridad de un silencio eterno? Mi petición de consejos no debe ser una acción ni complicar la posición en que me encuentro… No me queda, por desgracia, más que el adusto padre Pirard… El jansenismo le ha encogido las ideas… Un pícaro jesuita conocería el mundo y me sería de más ayuda… El padre Pirard es capaz de pegarme solo con que le diga mi crimen.»

El talento de Tartufo acudió a socorrer a Julien: «Pues iré a confesarme con él». Esa fue la última decisión que tomó en el jardín, tras pasar dos horas largas paseando. No se acordaba ya de que podía sorprenderlo un disparo de fusil; le estaba entrando sueño.

Por la mañana, muy temprano, Julien estaba a varias leguas de París y llamando a la puerta del severo jansenista. Para mayor asombro, se encontró con que no parecía sorprenderlo demasiado la confidencia.

—Es posible que deba hacerme reproches —se decía el sacerdote, más preocupado que irritado—. Me había parecido intuir ese amor… La amistad que siento por usted, infeliz, me impidió avisar al padre…

—¿Qué va a hacer? —le preguntó con viveza Julien.

(En ese momento sentía cariño por el sacerdote y se le habría hecho muy penosa una riña.)


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