Rojo y negro
Rojo y negro —Se me ocurren tres partidos —siguió diciendo Julien—: 1º El señor de La Mole puede mandar que me maten —y habló de la nota de suicidio que le habÃa dejado al marqués—; 2º Puede convertirme en un tiro al blanco para el conde Norbert, que podrÃa desafiarme a un duelo.
—Y¿usted aceptarÃa? —dijo el sacerdote furioso, poniéndose de pie.
—No me ha dejado terminar. Por descontado nunca le dispararé al hijo de mi bienhechor. 3º Puede alejarme. Si me dice: «Vaya a Edimburgo, o a Nueva York», obedeceré. Entonces podrá ocultarse el estado de la señorita de La Mole, pero no toleraré que supriman a mi hijo…
—No dude de que eso será lo primero que se le ocurra a ese hombre corrompido…
En ParÃs, Mathilde estaba desesperada. HabÃa visto a su padre a eso de las siete. Este le habÃa enseñado la carta de Julien y ella temÃa que le hubiera parecido una acción noble quitarse la vida: «Y ¡sin mi permiso!», se decÃa con un dolor que era en realidad ira.
—Si ha muerto, me moriré —le dijo a su padre—. Usted será el culpable de su muerte… A lo mejor se alegra… Pero se lo juro a los manes de Julien, primero me pondré de luto y seré públicamente la señora viuda de Sorel; enviaré participaciones, puede estar seguro… No me verá ni pusilánime ni cobarde.