Rojo y negro
Rojo y negro Su amor llegaba a la locura. Ahora le tocó al marqués quedarse sobrecogido.
Empezó a ver los acontecimientos de forma algo más sensata. Mathilde no se presentó a almorzar. El marqués notó que se le quitaba de encima un peso enorme y, sobre todo, se sintió muy halagado cuando se dio cuenta de que no le había dicho nada a su madre.
Julien se estaba apeando del caballo. Mathilde lo mandó llamar y se le arrojó en los brazos casi en presencia de su doncella. Julien no le agradeció gran cosa ese arrebato; salía muy diplomático y muy calculador de su larga conversación con el padre Pirard. Las posibilidades le amortiguaban la imaginación. Mathilde, con los ojos llenos de lágrimas, le contó que había visto su carta de suicidio.
—Mi padre puede cambiar la opinión. Hágame el favor de irse ahora mismo a Villequier. Vuelva a subirse al caballo y salga del palacio antes de que él se levante de la mesa.
Al no dejar Julien la expresión extrañada y fría, le dio un ataque de llanto.
—Déjame que lleve yo nuestros asuntos —exclamó exaltada y estrechándolo en los brazos—. Ya sabes que no me separo de ti por mi gusto. Escribe con la tapadera de mi doncella y que las señas sean de una letra desconocida; yo te escribiré tomos enteros. ¡Adiós! Escapa.