Rojo y negro
Rojo y negro Esta última palabra hirió a Julien; no obstante, obedeció. «Es algo fatal —pensaba— que incluso en sus mejores momentos esta gente dé con el secreto para molestarme.»
Mathilde se resistió con firmeza a todos los proyectos prudentes de su padre. No quiso ni hablar de negociar sino sobre las siguientes bases: serÃa la señora Sorel y vivirÃa pobremente con su marido en Suiza o en ParÃs, en casa de su padre. Descartaba por completo la propuesta de un parto clandestino.
—Entonces se iniciarÃa para mà la posibilidad de la calumnia y el deshonor. Dos meses después de la boda, me iré de viaje con mi marido y nos será fácil dar a suponer que mi hijo ha nacido en una fecha oportuna.
Tras recibirla primero con arranques de ira, tanta firmeza acabó por hacer vacilar al marqués.
En un momento en que se enterneció, le dijo a su hija:
—Toma, aquà tienes un tÃtulo de diez mil francos de renta, mándaselo a tu Julien y que se dé prisa en ponerme en la imposibilidad de pedirle que me lo devuelva.