Rojo y negro

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Para obedecer a Mathilde, de cuya afición a mandar estaba enterado, Julien había hecho cuarenta leguas inútiles: estaba en Villequier, poniendo en orden las cuentas de los aparceros; ese beneficio del marqués fue la ocasión para regresar. Fue a pedirle asilo al padre Pirard, que mientras él estaba fuera se había convertido en el aliado más útil de Mathilde. Siempre que el marqués le preguntaba algo, le demostraba que cualquier otra decisión que no fuera la de una boda pública sería un crimen ante los ojos de Dios.

—Y afortunadamente —añadía el sacerdote—, lo que es sensato socialmente coincide en este caso con la religión. ¿Podríamos contar ni un momento, teniendo el carácter fogoso que tiene la señorita de La Mole, con un secreto que no se hubiera impuesto ella misma? Si no admitimos el camino claro de una boda pública, la sociedad estará pendiente mucho más tiempo de ese matrimonio desigual tan raro. Hay que decirlo todo de una vez, sin apariencia ni realidad del mínimo misterio.

—Es cierto —dijo el marqués, pensativo—. En este sistema, hablar de esa boda pasados tres días se convierte en la machaconería de un hombre a quien no se le ocurre nada. Habría que aprovechar alguna medida antijacobina importante del gobierno para colarse de incógnito a continuación.


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