Rojo y negro
Rojo y negro Dos o tres amigos del señor de La Mole opinaban como el padre Pirard. Desde su punto de vista, el gran obstáculo era el carácter resuelto de Mathilde. Pero, tras tantos buenos razonamientos, el ánimo del marqués no podÃa hacerse a la idea de renunciar a la esperanza del taburete para su hija.
TenÃa la memoria y la imaginación colmadas de artimañas y falsedades de todo tipo, que eran aún posibles en su juventud. Ceder a la necesidad, tenerle miedo a la ley le parecÃa algo absurdo y deshonroso en un hombre de su rango. Estaba pagando caros ahora aquellos sueños deliciosos que llevaba permitiéndose diez años en lo tocante al porvenir de esa hija tan querida.
«¿Quién habrÃa podido preverlo? —se decÃa—. ¡Una hija con una forma de ser tan altanera, con un genio tan altivo, más orgullosa que yo del apellido que lleva y cuya mano me pedÃan con tanto tiempo de antelación las familias más ilustres de Francia!
»Hay que renunciar a toda prudencia. ¡Este siglo nació para confundirlo todo! Nos encaminamos al caos.»