Rojo y negro

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—Esa dotación no tiene ya razón de ser —le dijo el severo sacerdote con expresión enfurruñada—. Aquí tiene veinte mil francos que le regala el señor de La Mole; lo anima a gastarlos en lo que queda de año, pero intentando hacer el ridículo lo menos posible. —En una cantidad tan elevada, puesta sin más en manos de un joven, el sacerdote solo veía una ocasión de pecar—. El marqués añade: el señor Julien de La Vernaye recibe este dinero de su padre, que no merece la pena llamar con otro nombre. Al señor de La Vernaye quizá le parezca oportuno hacerle un regalo al señor Sorel, carpintero de Verrières, que lo crio de pequeño… Podré hacerme cargo de esta parte del recado —añadió el sacerdote—; he convencido por fin al señor de La Mole de que transija con ese padre de Frilair, tan jesuita. Está visto que su reputación puede demasiado contra la nuestra. Que ese hombre que gobierna Besançon reconozca de forma implícita su noble cuna será una de las condiciones tácitas del arreglo.

Julien no fue ya dueño de sus arrebatos y abrazó al sacerdote. Se veía reconocido.

—¡Quite allá! —dijo el padre Pirard, rechazándolo—. ¿A qué viene tanta vanidad mundana?… En cuanto a Sorel y a sus hijos, les voy a ofrecer en mi nombre una renta anual de quinientos francos, que les será pagada a todos ellos mientras esté yo satisfecho de cómo se portan.


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