Rojo y negro
Rojo y negro Julien estaba ya frío y altanero. Dio las gracias, pero con palabras evasivas y que no comprometían a nada. «¿Sería posible que fuera yo hijo natural de algún gran señor a quien desterró a nuestras montañas el terrible Napoleón?» Esa idea le parecía menos improbable a cada minuto que pasaba… «El odio que le tengo a mi padre sería una prueba… Y ¡yo dejaría de ser un monstruo!»
Pocos días después de este monólogo, el decimoquinto regimiento de húsares, uno de los más brillantes del ejército, estaba formado en la plaza de armas de Estrasburgo. El caballero de La Vernaye montaba el caballo más hermoso de Alsacia, que le había costado seis mil francos. Ingresaba como teniente sin haber sido antes subteniente a no ser en los registros de un regimiento del que nunca había oído hablar.
Su expresión impasible, su mirada severa y casi atravesada, su palidez, su sangre fría inalterable empezaron a forjar su reputación desde el primer día. Poco después, su cortesía perfecta y mesurada y su habilidad con la pistola y con las armas, que divulgó sin excesiva afectación, descartaron la idea de bromear en voz alta a costa de él. Tras cinco o seis días de titubeos, la opinión pública del regimiento se decantó a su favor. «Ese joven lo tiene todo —decían los oficiales viejos y socarrones— menos juventud.»