Rojo y negro
Rojo y negro Desde Estrasburgo, Julien escribió al padre Chélan, el antiguo párroco de Verrières, que estaba llegando ahora a los límites de la vejez:
No dudo de que se haya alegrado al enterarse de los acontecimientos que han movido a mi familia a darme una fortuna. Aquí van quinientos francos que le ruego que reparta sin ruido y sin mencionarme para nada entre los desdichados que son pobres ahora como yo lo fui hace tiempo y que, seguramente, socorre usted como antes me socorrió a mí.
Julien estaba ebrio de ambición y no de vanidad; sin embargo, buena parte de su atención la dedicaba a su apariencia externa. Atendía a sus caballos, sus uniformes y las libreas de sus criados con una corrección que habría hecho honor a la puntualidad de un gran señor inglés. Apenas llegado a teniente por recomendación y desde hacía dos días, ya estaba calculando que, para tener mando de jefe a los treinta años como mucho, igual que todos los grandes generales, tenía que pasar de teniente a los veintitrés. Solo pensaba en la gloria y en su hijo.
En medio de estos arrebatos de la más desenfrenada ambición lo sorprendió un lacayo joven del palacete de La Mole que llegó en funciones de correo. Mathilde le escribía: