Rojo y negro

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Pero no pudo conseguir una respuesta sensata. Al padre Chélan se le escapaban de vez en cuando unas cuantas lágrimas que le bajaban silenciosamente por las mejillas; luego miraba a Julien y se quedaba como aturdido al ver que le cogía las manos y se las llevaba a los labios. Aquella fisonomía, tan animada en otros tiempos y en la que se reflejaban con tanta energía los sentimientos más nobles, no era ya sino de expresión apática. No tardó en venir a recoger al anciano alguien que parecía un campesino.

—No hay que cansarlo —le dijo a Julien, quien se dio cuenta de que era el sobrino.

Aquella aparición dejó a Julien sumido en una desdicha cruel y que alejaba las lágrimas. Todo le parecía triste y sin consuelo; se notaba el corazón helado en el pecho.

Ese momento fue el más cruel que hubiera vivido después del crimen. Acababa de ver la muerte, y en toda su fealdad. Todas las ilusiones de grandeza de alma y de generosidad se habían disipado como una nube al llegar la tormenta.



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