Rojo y negro
Rojo y negro Esa espantosa situación duró varias horas. Tras el envenenamiento del espíritu se precisan remedios físicos y vino de Champaña. Julien se habría considerado un cobarde si hubiera recurrido a tal cosa. Cuando ya estaba concluyendo un día horroroso, que se pasó entero dando vueltas por el estrecho torreón, exclamó: «¡Qué loco soy! Si estuviera en la situación de tener que morir como cualquier otro es cuando debería haberme causado esta espantosa tristeza ver a ese pobre anciano; pero una muerte rápida y en la flor de la vida me libra precisamente de esa triste decrepitud».
Por muchos razonamientos que se hiciera, Julien se notó enternecido como una persona pusilánime y, por consiguiente, desdichado tras aquella visita.
Nada rudo ni grandioso quedaba ya en él, ni rastro de virtud romana; la muerte le parecía estar a mucha mayor altura y ser una cosa no tan fácil.
«Ese va a ser mi termómetro —se dijo—. Esta noche estoy a diez grados por debajo del nivel del valor que me pone a la altura de la guillotina. Esta mañana tenía ese valor. Pero ¡qué más da! Con tal de que me vuelva en el momento necesario.»
La idea del termómetro le hizo gracia y consiguió, por fin distraerlo.