Rojo y negro
Rojo y negro Al dÃa siguiente, al despertarse, se avergonzó de la vÃspera. «Están en juego mi felicidad y mi tranquilidad.» Estuvo a punto de tomar la decisión de escribir al fiscal del reino para pedirle que no dejaran a nadie visitarlo. «¿Y Fouqué? —pensó—. Si consigue sobreponerse y venir a Besançon, ¡cuánto le dolerÃa!»
Llevaba posiblemente dos meses sin acordarse de Fouqué. «Qué necio tan grande era yo en Estrasburgo; no me llegaban las ideas más allá del cuello de la guerrera.» El recuerdo de Fouqué lo tuvo muy ocupado y lo dejó aún más enternecido. Paseaba arriba y abajo muy nervioso. «Está visto que ahora estoy veinte grados por debajo del nivel de la muerte… Si esta flaqueza va a más, será preferible que me mate. ¡Lo que se iban a alegrar los Maslon y los Valenod si muriera como un patán!»
Llegó Fouqué. Aquel hombre sencillo y bueno estaba loco de dolor. Su única idea, si es que tenÃa alguna, era vender todo cuanto tenÃa para sobornar al carcelero y salvar a Julien. Le estuvo hablando mucho rato de la evasión del señor de Lavalette[79].
—Me das pena —le dijo Julien—; el señor de Lavalette era inocente y yo soy culpable. Me recuerdas, sin querer, esa diferencia…