Rojo y negro
Rojo y negro »Pero ¿lo dices de verdad? ¡Cómo! ¿Venderías toda tu hacienda? —añadió Julien, volviendo a ser de nuevo observador y desconfiado.
Fouqué, encantado de ver que por fin su amigo respondía a la idea que lo obsesionaba a él, le explicó detalladamente, cien francos arriba o abajo, cuánto le darían por cada una de sus propiedades.
«¡Qué esfuerzo sublime en un propietario rústico! —pensó Julien—. ¡Cuántos ahorros, cuantas roñoserías a medias, de las que tanto me avergonzaba yo cuando lo veía incurrir en ellas, sacrifica por mí! Cualquiera de esos jóvenes con tanto donaire a quienes vi en el palacete de La Mole y que leen René no caerían en ninguna de estas ridiculeces; pero, si exceptuamos a los que sean muy jóvenes y ricos por su casa y nada sepan del valor del dinero, ¿cuál de esos donairosos parisinos sería capaz de un sacrificio así?»
Se esfumaron todas las faltas que cometía Fouqué al hablar y todos sus gestos vulgares: Julien se le echó en los brazos. Nunca el mundo de provincias, comparado con el de París, había recibido mejor homenaje. Fouqué, encantado con el momento de entusiasmo que le veía a su amigo en los ojos, lo tomó por un consentimiento a la evasión.