Rojo y negro
Rojo y negro Esta visión de lo sublime le devolvió a Julien toda la fuerza que le había hecho perder la aparición del padre Chélan. Todavía era muy joven pero, en mi opinión, fue una planta hermosa. En vez de ir de la ternura a la astucia, como la mayoría de los hombres, la edad le habría dado la bondad que se enternece fácilmente y lo hubiera curado de una desconfianza insensata… Pero ¿de qué valen estas predicciones vanas?
Los interrogatorios iban menudeando pese a los esfuerzos de Julien, cuyas repuestas, todas ellas, pretendían abreviar el caso: «He matado o, al menos, he querido causar la muerte, y con premeditación», repetía a diario. Pero el juez era, ante todo, formalista. Las declaraciones de Julien no abreviaban los interrogatorios; el amor propio del juez se irritó. Julien no se enteró de que habían querido trasladarlo a un calabozo horrible y que si seguía en su agradable cuarto a ciento ochenta peldaños de altura era merced a las gestiones de Fouqué.