Rojo y negro
Rojo y negro La exaltaba un sentimiento del que se vanagloriaba y podÃa más que todo su orgullo y habrÃa querido no dejar pasar ni un instante de su vida sin dedicarlo por completo a alguna acción extraordinaria. Sus largas conversaciones con Julien rebosaban de los proyectos más peculiares y que más peligro entrañaban para ella. Los carceleros, bien pagados, la dejaban reinar en la cárcel. Las ideas de Mathilde no se limitaban al sacrificio de su reputación; poco le importaba que toda la sociedad se enterase de su estado. Hincarse de rodillas, para pedir gracia para Julien, delante del coche del rey, lanzado al galope; llamar la atención del soberano corriendo mil veces el riesgo de que la arrollase: esa era una las quimeras menores con que soñaba esa imaginación exaltada y valerosa. Estaba segura de que, recurriendo a los amigos que desempeñaban cargos junto al rey, podrÃa tener acceso a las actividades privadas del parque de Saint-Cloud.
Julien se sentÃa poco digno de tanta abnegación; a decir verdad, estaba cansado de heroÃsmo. Le habrÃa llegado al alma un cariño sencillo, ingenuo y casi tÃmido, mientras que, por el contrario, el alma altanera de Mathilde necesitaba siempre la idea de un público y de los demás.