Rojo y negro
Rojo y negro En medio de todas sus angustias, de todos sus temores por la vida de ese amante, al que no quería sobrevivir, Mathilde tenía una necesidad secreta de asombrar al público con los excesos de su amor y lo sublime de sus empresas.
A Julien le causaba enojo no conmoverse con ese heroísmo. ¡Qué no habría sentido si hubiera estado al tanto de todas las locuras con que Mathilde abrumaba el ánimo del buen Fouqué, abnegado pero eminentemente sensato y limitado!
Este no sabía muy bien qué censurar en la abnegación de Mathilde, porque él también habría sacrificado toda su fortuna y expuesto la vida a los mayores azares para salvar a Julien. Lo tenía estupefacto el dinero que repartía Mathilde. Los primeros días, las cantidades que gastaba de esa forma dejaron impresionado a Fouqué, que sentía por el dinero toda la veneración de un provinciano.
Descubrió por fin que los proyectos de la señorita de La Mole cambiaban con frecuencia y, para mayor alivio suyo, dio con una palabra con que censurar aquella forma de ser que tan cansada le resultaba: era voluble. De ese epíteto tan pomposo al de mala cabeza, el mayor anatema en provincias, no hay más que un paso.