Rojo y negro
Rojo y negro «¡Es singular que una pasión tan vehemente por mà me deje tan indiferente! —se decÃa Julien un dÃa en que Mathilde acababa de irse de la cárcel—. Y ¡yo que hace dos meses la adoraba! Ya habÃa leÃdo que la proximidad de la muerte le quita a uno el interés por todo; pero es espantoso sentirse ingrato y no poder cambiar. ¿Asà que soy un egoÃsta?» Se hacÃa al respecto los reproches más humillantes.
En su corazón la ambición habÃa muerto, y otra pasión habÃa salido de esas cenizas; la llamaba remordimiento por haber asesinado a la señora de Rênal.
En realidad, estaba perdidamente enamorado de ella. Hallaba una felicidad singular cuando, si lo dejaban completamente solo y sin temor a que lo interrumpieran, podÃa entregarse por entero al recuerdo de los dÃas felices que habÃa pasado en otros tiempos en Verrières o en Vergy. Los mÃnimos incidentes de esa época que tan deprisa se habÃa ido tenÃan para él una lozanÃa y un encanto irresistibles. Nunca pensaba en sus éxitos de ParÃs; le causaban fastidio.
Esta disposición de ánimo, que iba creciendo rápidamente, la intuyeron en parte los celos de Mathilde. Se daba cuenta con toda claridad de que tenÃa que luchar contra el amor a la soledad. A veces pronunciaba con gran temor el nombre de la señora de Rênal. VeÃa estremecerse a Julien. Su pasión no tuvo ya ni lÃmites ni medida.