Rojo y negro

Rojo y negro

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«Si muere, moriré en cuanto él muera —se decía con toda la buena fe posible—. ¿Qué dirían los salones de París al ver a una joven de mi categoría idolatrar hasta ese punto a un amante destinado a la muerte? Para hallar unos sentimientos así hay que remontarse al tiempo de los héroes; amores así eran los que hacían latir los corazones del siglo de Carlos IX y de Enrique III.»

En medio de los arrebatos más vehementes, cuando estrechaba contra el pecho la cabeza de Julien, se decía con espanto: «¡Cómo! ¿El destino de esta cabeza encantadora será que la corten? ¡Pues bien —añadía, inflamándola un heroísmo que no dejaba de ser dichoso—, estos labios míos que aprieto contra un pelo tan bonito ya estarán helados menos de veinticuatro horas después!»

Los recuerdos de esos momentos heroicos y de espantosa voluptuosidad la sujetaban con unos vínculos invencibles. La idea del suicidio, tan absorbente en sí misma y tan alejada hasta ahora de esa alma altanera, entró en ella y no tardó en reinar con un imperio absoluto. «No, la sangre de mis antepasados no se ha entibiado al descender hasta mí», se decía, orgullosa.

—Tengo que pedirle una merced —le dijo un día su amante—. Dé a su hijo a criar en Verrières: la señora de Rênal se encargará de vigilar al ama de cría.


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