Rojo y negro
Rojo y negro —Eso que me está diciendo es muy duro…
Y Mathilde se puso pálida.
—¡Es cierto y te pido perdón mil veces! —exclamó Julien, saliendo de su ensimismamiento y abrazándola.
Tras secarse las lágrimas, volvió a esa idea, pero con mayor habilidad. Le habÃa dado a la conversación un giro de filosofÃa melancólica. Hablaba de ese porvenir que iba a quedar cerrado para él dentro de tan poco.
—Hay que aceptar, mi buena amiga, que las pasiones son un accidente en la vida, pero que ese accidente no se da sino en las almas superiores… La muerte de mi hijo serÃa en el fondo algo dichoso para el orgullo de la familia de usted; eso es lo que intuirán los subalternos. La negligencia será lo que le corresponda en suerte a ese hijo de la desgracia y de la vergüenza… Tengo la esperanza de que en una época que no quiero determinar, pero que sin embargo mi valor divisa a medias, obedezca a mis últimas recomendaciones: se casará con el señor marqués de Croisenois.
—¡Cómo! ¡Deshonrada!