Rojo y negro
Rojo y negro No hubo caso de que Mathilde le dijera a Julien algo que ella no sospechaba todavía: y es que al padre de Frilair, viendo a Julien perdido, le parecía útil para sus ambiciones convertirse en sucesor suyo.
Casi fuera de sí por tanta ira impotente y tantas contrariedades, le dijo a Mathilde:
—Vaya a oír una misa por mí y déjeme un rato de tranquilidad.
Mathilde, ya muy celosa con las visitas de la señora de Rênal y que acababa de enterarse de que se había ido, comprendió la causa del enojo de Julien y se echó a llorar.
Su dolor era verdadero. Julien lo veía y eso le resultaba aún más irritante. Tenía una necesidad imperiosa de soledad y ¿cómo conseguirla?
Por fin Mathilde, tras haber probado todos los argumentos para enternecerlo, lo dejó solo, pero casi al mismo tiempo se presentó Fouqué.
—Necesito estar solo —le dijo a ese amigo fiel… Y, al verlo titubear, añadió—: Estoy redactando una memoria para el recurso de gracia… Por lo demás… dame gusto, no me hables nunca de la muerte. Si necesito algunos servicios específicos ese día, déjame que sea yo quien te lo mencione primero.