Rojo y negro

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Cuando Julien consiguió por fin quedarse solo, se notó más abrumado y más cobarde que antes. Las pocas fuerzas que le quedaban a esa alma debilitada las había agotado ocultando su estado a la señorita de La Mole y a Fouqué.

Al caer la tarde, lo consoló una idea: «Si esta mañana, en el momento en que la muerte me parecía tan fea, me hubieran llamado para la ejecución, la mirada del público habría sido un aguijón de gloria; es posible que mi forma de andar hubiera sido un tanto afectada, como la de un fatuo tímido al entrar en un salón. Algunas personas lúcidas, si es que las hay entre estos provincianos, habrían podido intuir mi flaqueza… pero nadie la habría visto».

Y se sintió liberado de parte de su desgracia. «Ahora mismo soy un cobarde —se repetía cantando—, pero nadie lo sabrá.»

Un suceso más desagradable aún si cabe le estaba reservado al día siguiente. Su padre llevaba mucho anunciando su visita; ese día, antes de que se despertase Julien, el anciano carpintero de pelo blanco se presentó en el calabozo.

Julien se sintió débil; se esperaba los reproches más desagradables. Para rematar esa penosa sensación, aquella mañana tenía muchos remordimientos por no querer a su padre.


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