Rojo y negro
Rojo y negro «El azar nos puso juntos en la tierra —se decÃa mientras el llavero aseaba un poco el calabozo— y nos hemos hecho casi todo el daño que hemos podido. Viene en el momento de mi muerte a asestarme el último golpe.»
Los severos reproches del anciano empezaron no bien se quedaron solos.
Julien no pudo contener las lágrimas. «¡Qué debilidad tan indigna! —se decÃa, rabioso—. Irá por todas partes exagerando mi falta de valor. ¡Qué triunfo para los Valenod y para todos los hipócritas de medio pelo que mandan en Verrières! Son muy importantes en Francia, reúnen todas las ventajas sociales. Hasta ahora podÃa decirme al menos: es cierto que reciben dinero y que todos los honores se les acumulan, pero yo tengo la nobleza del corazón.
»Y ¡aquà está un testigo a quien todos creerán y que atestiguará ante Verrières en pleno, exagerándolo, que fui débil ante la muerte! ¡Habré sido un cobarde en esa prueba que todos entienden!»
Julien estaba al filo de la desesperación. No sabÃa cómo despedir a su padre. Y fingir para engañar a ese anciano tan lúcido no estaba en ese momento al alcance de sus fuerzas.
Les pasaba revista velozmente con el pensamiento a todas las posibilidades.
—¡Tengo ahorros! —exclamó de pronto.