Rojo y negro

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Esta frase genial le cambió la cara al carpintero y también cambió la posición de Julien.

—¿Cómo debo disponer de ellos? —siguió diciendo Julien más tranquilo: el efecto causado le había ahuyentado cualquier sentimiento de inferioridad.

El anciano carpintero ardía en deseos de no dejar que se escapase ese dinero, del que le parecía que Julien quería dejar parte a sus hermanos. Habló mucho y fogosamente. Julien pudo mostrarse guasón.

—Bien, pues el Señor me ha inspirado para hacer testamento. Les daré mil francos a cada uno de mis hermanos, y el resto será para usted.

—Me parece muy bien —dijo el anciano—, me corresponde ese resto; pero, puesto que Dios le ha hecho la merced de moverle el corazón, si quiere morir como buen cristiano conviene que pague sus deudas. Todavía están pendientes los gastos de su manutención y su educación que adelanté y de los que no se acuerda…

«¡Ese es el amor de un padre!», se repetía Julien con el alma consternada cuando por fin se quedó solo. No tardó en aparecer el carcelero.

—Señor, después de la visita de la familia cercana siempre les traigo a mis huéspedes una botella de buen vino de Champaña. Sale un poco caro, seis francos por botella, pero alegra el corazón.


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