Rojo y negro
Rojo y negro —Traiga tres copas —le dijo Julien con premura infantil— y que entren dos de esos presos que oigo pasear por el corredor.
El carcelero le trajo a dos presidiarios reincidentes y que estaban a punto de volver al penal. Eran unos malhechores muy alegres y realmente muy notables por su agudeza, su valor y su sangre frÃa.
—Si me da veinte francos —le dijo uno a Julien— le cuento mi vida con todo detalle. Es ¡cosa fina!
—Pero ¿me va a contar mentiras? —dijo Julien.
—De eso nada —contestó—; aquà mi amigo, que me envidia los veinte francos, me denunciará si digo algo que no sea verdad.
Su historia era abominable. Revelaba un corazón valeroso donde solo quedaba ya una pasión, la del dinero.
Cuando se fueron, Julien no era ya el mismo hombre. HabÃa desaparecido toda la ira contra sà mismo. El dolor atroz, que envenenaba la pusilanimidad que lo embargaba desde que se habÃa ido la señora de Rênal, se habÃa convertido en melancolÃa.