Rojo y negro
Rojo y negro «Según me hubieran ido engañando menos las apariencias —se decía—, me habría dado cuenta de que en los salones de París hay hombres honrados como mi padre y pillos habilidosos como esos presidiarios. Hacen bien; los hombres de los salones no se levantan nunca por las mañanas con este pensamiento acuciante: ¿cómo voy a cenar? Y les alaban su probidad y, cuando los llaman para estar en un jurado, condenan con arrogancia al hombre que ha robado un cubierto de plata porque se notaba morir de hambre.
»Pero en cuanto está la corte de por medio, en cuanto de lo que se trata es de ganar o de perder una cartera ministerial, esas personas honradas de los salones cometen crímenes exactamente iguales a esos que por la necesidad de cenar se les ocurrieron a estos dos presidiarios…