Rojo y negro

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»No existe un derecho natural; esa palabra no es sino una sandez antigua muy digna del fiscal del reino que me acosó el otro día y a cuyo abuelo lo enriqueció una confiscación de Luis XIV. Solo existe un derecho cuando haya una ley que prohíba hacer tal cosa so pena de castigo. Antes de la ley, lo único natural es la fuerza del león o la necesidad de quien tiene hambre y frío, en una palabra: la necesidad… No, los hombres honorables no son sino pícaros que han tenido la suerte de que no los pillasen con las manos en la masa. Al acusador a quien la sociedad encomienda que me persiga lo enriqueció una infamia… Yo he cometido un asesinato y me han condenado con justicia; pero, si dejamos eso aparte, el Valenod que me condenó es cien veces más perjudicial para la sociedad.

»Pues bien —añadió Julien tristemente, pero sin ira—, pese a su avaricia mi padre vale más que todos esos hombres. Nunca me quiso. Y acabo de colmar la medida al deshonrarlo con una muerte infame. Ese temor a carecer de dinero, esa visión exagerada de la perversidad de los hombres que recibe el nombre de avaricia lo lleva a ver un motivo prodigioso de consuelo y seguridad en una cantidad de tres o cuatrocientos luises que puedo dejarle. Un domingo, después de cenar, les enseñará su dinero a quienes lo envidian en Verrières. Con esta ganancia, les dirá su mirada, ¿a cuál de vosotros no le encantaría que le guillotinasen a un hijo?»


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